Hace apenas unas décadas, encontrar un cáncer colorrectal en una persona de 30 o 40 años se consideraba relativamente infrecuente. Sigue siéndolo en comparación con las edades más avanzadas, pero algo está cambiando: la incidencia del cáncer de colon y recto entre adultos menores de 50 años aumenta en numerosos países, mientras los investigadores intentan comprender qué exposiciones, cambios metabólicos y factores biológicos pueden estar detrás de esta tendencia.
El fenómeno es suficientemente importante como para que Nature Reviews Cancer publicara el pasado 26 de agosto una hoja de ruta internacional dedicada específicamente a la prevención del cáncer colorrectal de aparición temprana. Los autores consideran que su incremento global exige investigar conjuntamente dieta, metabolismo, microbioma intestinal, exposiciones ambientales, genética y otros factores que pueden actuar desde etapas tempranas de la vida.
No significa que el cáncer colorrectal se haya convertido en una enfermedad mayoritariamente joven. La edad continúa siendo uno de sus principales factores de riesgo. Tampoco existe una única causa conocida que explique el incremento. Precisamente esa incertidumbre es uno de los asuntos que más preocupa actualmente a investigadores y oncólogos.
Un aumento real, pero que conviene contar sin alarmismo
Los datos internacionales muestran tendencias diferentes según el país y el periodo analizado, por lo que no resulta riguroso resumir el fenómeno afirmando simplemente que los casos “se han multiplicado por cuatro”.
En Estados Unidos, por ejemplo, la incidencia entre adultos de 20 a 49 años aumenta actualmente alrededor de un 3 % anual, y los registros históricos muestran que las tasas se han más que duplicado desde los niveles mínimos observados a finales de los años ochenta.
Un análisis internacional publicado en The Lancet Oncology, con información de 50 territorios, encontró incrementos recientes de cáncer colorrectal de aparición temprana en 27 de ellos. La evolución tampoco es idéntica entre hombres y mujeres ni entre países, otro indicio de que probablemente intervengan factores ambientales, sociales y de estilo de vida además de la susceptibilidad individual.
El National Cancer Institute estadounidense considera ya los cánceres diagnosticados entre los 18 y los 49 años una prioridad específica de investigación. Además del colorrectal, ha identificado tendencias al alza en determinados cánceres de mama, útero, riñón y páncreas, aunque insiste en que las causas probablemente sean diferentes para cada tumor.
¿Se puede tener 40 años en el DNI y un organismo biológicamente mayor?
Una de las hipótesis más novedosas llegó este año de la mano de un estudio publicado en Nature Medicine.
Los investigadores analizaron datos de 154.169 participantes del UK Biobank y observaron que las generaciones nacidas más recientemente presentaban, en promedio, determinados biomarcadores compatibles con un envejecimiento biológico más acelerado. Ese envejecimiento se asoció posteriormente con mayor riesgo de varios cánceres de aparición temprana.
La diferencia entre edad cronológica y edad biológica es importante. Dos personas de 40 años pueden compartir fecha de nacimiento y presentar perfiles metabólicos, inflamatorios o fisiológicos diferentes como consecuencia de genética, estilo de vida y exposiciones acumuladas.
Pero hay que evitar una conclusión prematura: el estudio demuestra una asociación, no que el envejecimiento biológico acelerado sea la causa del aumento del cáncer en jóvenes. Tampoco existe actualmente una prueba de “edad biológica” que permita predecir individualmente quién desarrollará cáncer.
En el caso colorrectal, otra investigación publicada este año en Nature Medicine ha encontrado huellas epigenéticas relacionadas con diferentes exposiciones en tumores de aparición temprana. Son pistas científicas relevantes, pero todavía no una explicación definitiva.
La nueva hoja de ruta de Nature Reviews Cancer propone precisamente abandonar la búsqueda de un único culpable y estudiar conjuntamente el denominado exposoma: todo aquello a lo que una persona ha estado expuesta a lo largo de su vida —alimentación, medicamentos, contaminación, condiciones metabólicas, microbiota, hábitos y entorno— y su interacción con la biología individual.
Lo que sí se sabe sobre prevención
Mientras la investigación intenta responder al porqué, existen factores de riesgo conocidos sobre los que sí es posible actuar.
La Organización Mundial de la Salud relaciona el cáncer colorrectal con obesidad, sedentarismo, tabaquismo, consumo de alcohol, una alimentación rica en carnes procesadas y un consumo insuficiente de frutas y verduras, entre otros factores.
En España, el programa poblacional de cribado se dirige desde 2026 a hombres y mujeres de 50 a 74 años, mediante una prueba de sangre oculta en heces cada dos años.
Esto plantea una cuestión relevante ante el incremento de casos por debajo de los 50: estar fuera de la edad del cribado poblacional no significa que los síntomas persistentes deban ignorarse.
Sangrado rectal, anemia por déficit de hierro, dolor abdominal persistente o cambios mantenidos del ritmo intestinal se encuentran entre las señales que diferentes investigaciones han asociado con el diagnóstico de cáncer colorrectal de aparición temprana. Ninguna de ellas significa necesariamente cáncer —son síntomas frecuentes en numerosas patologías benignas—, pero la edad joven no debería ser por sí sola motivo para descartarlo cuando persisten.
Aquí existe probablemente uno de los mensajes más importantes para la población: prevenir no consiste en vivir buscando un cáncer, sino en reducir riesgos evitables, participar en los programas de cribado cuando corresponda y consultar síntomas que no desaparecen.
Después del diagnóstico, la misma idea: no todos los cánceres ni todos los pacientes son iguales
El aumento de tumores en adultos jóvenes refuerza también otro cambio que atraviesa la oncología contemporánea: personalizar cada vez más las decisiones.
Edad, localización y estadio tumoral, características moleculares, posibles alteraciones hereditarias, situación clínica y objetivos del paciente condicionan una estrategia que puede combinar cirugía, radioterapia, quimioterapia, inmunoterapia, terapias dirigidas y otras modalidades complementarias cuando exista una indicación adecuada.
En INMOA Memorial Publio Cordón Hospital, dirigido por la oncóloga Elisabeth Arrojo, este planteamiento multidisciplinar incorpora también la hipertermia electromodulada o mEHT, conocida como oncothermia, como modalidad complementaria en determinados pacientes y siempre dentro de una estrategia oncológica global.
La hipertermia utiliza aumento controlado de temperatura en tejidos tumorales para dañar células malignas y hacerlas potencialmente más sensibles a tratamientos como radioterapia o determinados fármacos. El National Cancer Institute estadounidense señala que distintos ensayos clínicos de hipertermia combinada con radioterapia o quimioterapia han mostrado una mayor reducción tumoral en determinados contextos.
La hipertermia electromodulada constituye una modalidad específica dentro de este campo. Existen estudios clínicos sobre su combinación con quimiorradioterapia, incluido un ensayo aleatorizado fase III en cáncer de cérvix y estudios prospectivos en cáncer de recto, pero su grado de evidencia varía según el tipo tumoral y la indicación. No debe interpretarse como sustituto de los tratamientos oncológicos estándar ni extrapolar resultados obtenidos en un tumor a otro diferente.
Esa cautela forma también parte de la medicina personalizada: incorporar innovación no significa aplicar más tratamientos indiscriminadamente, sino seleccionar qué combinación puede aportar valor a una persona concreta a partir de la evidencia disponible.
Una pregunta científica todavía abierta
¿Por qué una enfermedad tan vinculada históricamente al envejecimiento está aumentando en determinados grupos de adultos jóvenes?
Hoy no existe una respuesta única.
Tenemos factores de riesgo conocidos, nuevas pistas sobre exposiciones ambientales y metabólicas, investigaciones sobre microbioma y epigenética y, desde este año, evidencias que relacionan el envejecimiento biológico acelerado con algunos cánceres precoces. Pero convertir esas asociaciones en prevención individual exigirá todavía mucha investigación.
La señal epidemiológica, en cambio, ya es suficientemente clara para modificar una idea instalada durante décadas: Ser joven reduce el riesgo de cáncer colorrectal, pero no lo elimina.
Y reconocerlo sin alarmismo puede ser tan importante como encontrar finalmente las razones que explican por qué está sucediendo.
