Hay creaciones que no se gestan en el silencio de un estudio ni en las aulas de una facultad de Bellas Artes, sino en el bullicio de una acera cualquiera. La propuesta plástica de Virgilio de Mier abre su genealogía a los diez años, en el cruce de las avenidas Moliere y Ejército Nacional de la Ciudad de México, frente a un mostrador repleto de publicaciones impresas en papel de periódico. Allí, aprovechando la pausa breve de un semáforo en rojo mientras su madre miraba hacia otro lado, el artista descubrió las portadas de historietas populares donde mujeres de trazo voluptuoso convivían con seres monstruosos, vampiros y detectives. Aquella mirada furtiva durante la infancia definió una fascinación duradera que, décadas después, se articula en Sensacionales, un proyecto madurado sin prisas que rescata la memoria visual de la literatura ‘pulp’ para trasladarla al circuito del arte contemporáneo.
Un patrimonio popular rescatado sin condescendencia
Las llamadas historietas ‘sensacionales’, junto con los relatos del Oeste y las novelas policiacas de bolsillo, constituyeron durante los años setenta y ochenta un fenómeno de masas en el ámbito editorial mexicano. Publicadas en tiradas masivas sobre papel económico, abordaban tramas de misterio, crimen y terror acompañadas por ilustraciones impactantes. Durante décadas, la crítica oficial catalogó este material como subproducto cultural, relegándolo al margen de lo académicamente aceptable. Sin embargo, Virgilio de Mier aborda esa iconografía de consumo masivo con un respeto riguroso por su arquitectura visual. En lugar de acudir a referencias del pop global, la serie extrae sus códigos de la tradición gráfica autóctona: el humor de barrio, el imaginario católico y la gráfica popular. Al emparentarse con corrientes internacionales como el ‘lowbrow’ o el surrealismo pop, el trabajo de De Mier convierte el desecho editorial en materia de análisis plástico, ofreciendo un lenguaje propio dentro de un mercado artístico saturado de referentes homogéneos.
La construcción del ‘tableau’ y la complicidad del espectador
El rasgo diferenciador de Sensacionales reside en su proceso de producción: las imágenes no son ilustraciones dibujadas, sino escenografías construidas, iluminadas y fotografiadas de forma minuciosa. En cada plano convergen modelos, utilería, caracterización y retoque digital para recrear la saturación de las tintas de imprenta sobre la textura física de la fotografía. Enfermeras con jeringuillas fosforescentes, naves espaciales sobre carpotes de circo o escenas domésticas alteradas por la presencia de espectros funcionan como detonantes narrativos abiertos. Las composiciones incorporan elementos cotidianos —un mural popular, etiquetas de botellas, la silueta de un puesto ambulante— y no evitan las tensiones características del género entre lo sacro y el deseo. Al eliminar la moraleja, la obra traslada la responsabilidad al espectador, quien completa la historia detenida un instante antes del clímax y reivindica el valor de la ficción, el exceso y el humor frente a la realidad cotidiana.
Para el coleccionista y la crítica especializada, la obra de Virgilio de Mier supone la adquisición de un trabajo coherente, desarrollado a lo largo de los años a partir de una gramática visual reconocible. Su propuesta repite una operación recurrente en la historia del arte: dignificar aquello que en su momento fue apartado por la alta cultura, igual que ocurrió con el cartel o el cómic. Mientras el semáforo de la memoria continúa en rojo, la pausa entre lo cotidiano y lo prohibido sigue alimentando una producción artística singular.
